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sábado, 8 de julio de 2017

ADAPTACIÓN DE PURA SANGRE DISCULPA

QUIERO PEDIRLES UNA DISCULPA POR LA DEMORA PERO DESGRACIADAMENTE YA NO PODRE SEGUIR ADELANTE CON ESTA HISTORIA YA QUE MI COMPUTADORA SE DESCOMPUSO Y LA LLEVE A REPARAR PERO NO HA QUEDADO BIEN Y LA PERSONA QUE ME LA REPARO NO ME ASEGURA QUE QUEDE BIEN Y POR EL MOMENTO NO PUEDO COMPRAR OTRA AHORITA ESTOY DE VISITA CON MI HERMANA Y LE PEDÍ PRESTADA LA SUYA PARA PONERLES ESTE AVISO LO LAMENTO PERO AQUÍ LES DEJO EL NOMBRE ORIGINAL DE LA HISTORIA PARA QUE PUEDAN TERMINAR DE LEERLA.
JOHANNA LINDSEY  DEJA QUE EL AMOR TE ENCUENTRE. SEGUIREMOS EN CONTACTO EN FACEBOOK 

martes, 20 de junio de 2017

DE PURA SANGRE...CAPITULO 10





            10

            —Ayer se me olvidó mencionar que la señorita Heidi va a casarse.
            Edward alzó la vista y miró a Garret, que estaba apoyado en un poste mientras lo observaba ensillar su caballo para cabalgar hasta Londres.
            —Hace años que no escuchaba ese nombre —replicó—. Me sorprende que haya esperado tanto. Hace casi dos años que me marché de Lancashire.
            Garret suspiró, aliviado.
            —Así que, no te molesta? Pensé que podría sentarte mal porque en aquel entonces parecías estar cortejándola... informalmente, claro.
            Edward negó con la cabeza.
            —No la estaba cortejando. Me limitaba a disfrutar de su compañía de vez en cuando.
            Sin embargo, sí se sintió atraído por ella. El caso era que no la amaba y que no podría haberse casado con ella aunque hubiera tenido esa inclinación. Había intentado dejarle claro que solo podían ser amigos. No obstante, mucho se temía que ella se había aferrado a la esperanza de que llegaran a ser algo más, y por eso había esperado tanto para aceptar una propuesta matrimonial de otro hombre. Le deseaba toda la felicidad del mundo. A su lado nunca la habría encontrado después de que descubriera la verdad sobre él.
            Para demostrar que no albergaba resentimiento alguno, Edward añadió a la ligera:
            —¡La cocinera de su madre era la mejor del condado! Ese era el verdadero motivo de que fuera a su casa, en serio.
            Garret se echó a reír y replicó con un brillo burlón en los ojos:
            —Bueno, las damas que han venido esta mañana eran preciosas, ¡tan guapas como para hacer que un hombre olvide a cualquier otra mujer!
            Edward rio por lo bajo.
            —Lo has notado, ¿verdad?
            —La casada me dejó aturullado. No recuerdo haberme quedado tan embobado por la belleza de una mujer en la vida.
            —Lady Rosalie parece ejercer ese efecto en muchos hombres. Al menos, al principio. Pero ha sido una visita lucrativa. Hasta lord Black me habló de la posibilidad de comprar otro potrillo antes de marcharse.
            —Parece que la suerte te sonríe por fin —comentó Garret, que seguía sonriendo.
            —Eso creo. De hecho, creo que ha sido un día estupendo. No paro de darle vueltas a los contratiempos que hemos sufrido. Uno se puede entender, pero ¿dos en cuestión de un par de semanas?
            El buen humor de Garret se esfumó.
            —Lo sé. Todavía no me creo que aquel día perdiéramos tres potrillos y una yegua por el descuido de un campesino. Lo del semental, bueno, a veces suceden ese tipo de cosas y los caballos de carreras caen fulminados en plena pista. Pero, ¿que estuvieras a punto de perder a todas las yeguas por el heno en mal estado? Eso no habría sido un golpe de mala suerte. Eso habría echado por tierra todo tu negocio.
            —Menos mal que estabas aquí y te percataste de que algo andaba mal.
            Prácticamente tuvieron que volar para evitar que se distribuyera el heno en mal estado en los tres establos. La primera yegua en comerlo murió, llevándose con ella a su potrillo. Las otras habían sobrevivido, pero ambas sufrieron un aborto al día siguiente. El campesino que les vendió el heno juró que jamás había visto nada semejante. Edward tampoco. Sin embargo, el heno olía raro, de modo que algo debía de haberlo contaminado antes de que llegara a su propiedad, si bien nadie sabía de qué se trataba.
            —Pero, ¡acababa de comprar a ese semental tan prometedor! —exclamó Edward, enfadado y molesto todavía por su muerte—. Todavía seguiría vivo de no haber estado tan ansioso por probarlo la semana pasada en esa carrera.
            —No fue culpa tuya. Era un caballo que había que probar antes de cruzarlo con las yeguas.
            —Iba el primero, habría ganado fácilmente. ¿Te lo había dicho?
            Y entonces sucedió lo inimaginable: el animal cayó fulminado al suelo. Muerto. Su corazón había dejado de funcionar, o esa fue la opinión generalizada. No era algo inusual, aunque sí poco frecuente en ejemplares tan jóvenes. Otro golpe de mala suerte. Al menos el jinete sobrevivió a la caída.
            —Desde entonces no les quito la vista de encima a los muchachos, por si acaso —le aseguró Garret—. Pero todos parecen honestos y muy trabajadores.
            —No se me habría ocurrido sospechar de ellos, pero tienes razón. No está de más mirar debajo de todas las piedras, por si acaso. Me alegro de que hayas decidido prolongar tu estancia. Te lo agradezco muchísimo.
            Garret rio.
            —¡No he sido capaz de bajar a Irina de ese poni para llevármela a casa! Y a mi mujer no le importa. De hecho, está encantada de que hayamos prolongado el viaje porque así puede limpiar esa casa tan vieja de arriba abajo.
            Edward rio entre dientes.
            —Se está cayendo a pedazos.
            —¡Sí, pero por lo menos no habrá ni una mota de polvo!
            Tener buenos amigos era una bendición, pensó Edward durante el trayecto a Londres. Ese día había supuesto un cambio en la mala racha que llevaba. No solo había vendido un par de caballos, sino que también había ganado doscientas libras sin mover un dedo. Todavía. Por fin podría comprar ejemplares excelentes o ese purasangre campeón, un ejemplar más que probado para el que nunca había imaginado poder ahorrar lo suficiente. O también podría arreglar por fin la casa de la propiedad. Le habían prometido otras cuatrocientas libras si conseguía que esa fierecilla de mal temperamento se casara.
            Un resultado que todavía estaba por verse. Pero que era posible. Si fuera una buena amazona, Isabella Swan podría reportarle las seiscientas libras más fáciles de ganar en toda su vida. Incluso había mantenido una conversación más profunda con lord Black para descubrir si tenía otras aficiones además de los caballos. No las tenía, tal como él había supuesto. De modo que pese al interés que lady Isabella demostraba por el joven aristócrata, la cosa no iba a funcionar en absoluto a menos que se subiera a lomos de un caballo.
            Le alegraba que la futura duquesa de Forks hubiera contratado sus servicios. Si tenía éxito, supondría un estupendo espaldarazo. Si no lo tenía, podía suponer un desastre. El desastre le preocupaba un poco. Porque podría significar el fin de su lucrativa actividad paralela. Su nueva función de casamentero había demostrado ser una bendición que lo ayudaba a financiar el nuevo establo de cría. Y puesto que algunas de las familias más ricas de Londres ya estaban contratando sus servicios, tal vez acabara siendo más rentable que la propia yeguada.
            Prefería no ponerle fin a la actividad paralela. Lo que había comenzado con el nuevo establo de cría era mucho más emocionante y desafiante que la yeguada de su tío en Lancashire, y le ofrecía un objetivo mucho más concreto. Aunque también habría sido feliz trabajando en Lancashire, porque le encantaban los caballos. Claro que no habría sido lo mismo porque sus tíos se habían mudado a Londres.
            Ignoraba que llevaban un tiempo planeando el traslado, porque esperaron a que hubiera acabado sus estudios para comunicárselo.
            —No quiero que pienses que te estamos abandonando, nada más lejos de nuestra intención —le dijo su tío Eleazar unas semanas después de que llegara de la universidad. Tras hacer un gesto con la mano que abarcaba la propiedad, añadió—: Todo esto será tuyo algún día, porque eres mi heredero. Ahora que has acabado tus estudios, eres lo bastante mayor para llevar las riendas del negocio.
            Eleazar lo había adoptado después de que su madre muriera, para que pudiera llevar el apellido familiar. Qué ironía, había pensado en más de una ocasión cada vez que se preguntaba si habría llegado a conocer a sus tíos en caso de que su padre no lo hubiera echado de la casa en la que vivió de niño. Su madre jamás mencionó que tuviera un hermano hasta el día que lo apartó de su vida.
            Edward nunca había hablado de esas cosas con su tío. Después de la muerte de su madre, tampoco fue capaz de hablar de ella. La odiaba por haber muerto. Y después lo enviaron al internado, una institución muy prestigiosa, y todas las preguntas que le habían parecido demasiado bochornosas como para preguntarlas quedaron enterradas.
            Hasta el día que su tío le dijo que iba a heredar la propiedad y añadió:
            —Tu madre habría estado muy orgullosa de ti.
            La mención de su madre abrió las compuertas.
            —Pero la desheredaste, ¿verdad? ¿Por eso no me habló jamás de ti hasta el día que fuiste a Londres a recogerme?
            —No, solo tuvimos un desencuentro. Pero ya no importa.
            Era obvio que su tío no quería hablar del tema. Pero la amargura de Edward había regresado, y todas las viejas preguntas que jamás habían sido respondidas resurgieron.
            —¿No crees que ya soy lo bastante mayor como para que me digas que soy un bastardo?
            —¡Por supuesto que no lo eres! —Entonces quien era mi padre?
            —¿Un hombre cuyo nombre ni siquiera recuerdo porque ella se negaba a hablar de él? ¿Fue producto de la imaginación de mi madre o de la tuya?
            Su tío suspiró, se sentó y cerró los ojos. En aquel entonces, tenía cincuenta y pocos años, aunque parecía mayor. Su pelo negro estaba prácticamente cubierto de canas, sus ojos verdes seguían siendo idénticos a los de su hermana, tenía la piel curtida y los hombros encorvados. No solo había criado caballos durante toda su vida, los había entrenado, limpiado, alimentado y tratado como si fueran los hijos que nunca había tenido. Y al niño que había acogido en su casa hacía tantos años le había legado todo su conocimiento y el amor que les profesaba.
            Parecía tan apenado que Edward pensó que no iba a volver a hablar. Así que decidió zanjar el tema. Quería mucho a su tío. Siempre había sido bueno y amable con él.
            —Mi hermana tenía un futuro prometedor —dijo su tío a la postre, con un deje amargo en la voz—. Tuvo tres proposiciones matrimoniales antes de llegar a la edad suficiente como para ser presentada en sociedad, una de ellas procedente de un vizconde. Sin embargo, se enamoró de un londinense con quien no se podía casar y tú fuiste el resultado. Al ver que se negaba a volver a casa, le dije cosas muy duras y ella jamás me perdonó. Dejé que mi orgullo se antepusiera al amor, y me he arrepentido desde entonces. Sí, fui yo quien hizo correr la historia de que se había casado y de que su marido había muerto justo antes de tu nacimiento. Ella se enfadó tanto que se negó a usar el nombre que yo me había inventado, aunque sí usó la historia, si bien se limitaba a decirle a la gente que prefería usar su apellido de soltera porque su matrimonio había sido muy breve.
            Las palabras de su tío despertaron un recuerdo que llevaba mucho tiempo olvidado.
            —Una vez me dijo: «No sabes lo que es amar de esta manera. Ojalá que nunca lo sepas.» Ese día le había preguntado por mi padre. Esa fue su excusa para no hablar de él. Pero se refería a mi verdadero padre, ¿verdad?
            —Sinceramente, no lo sé, Edward. No dudo de que lo amara. Creo que por eso se negó a regresar a casa. Quería estar a su lado aunque él no... no pudiera casarse con ella.
            —¿Lord Cullen, el dichoso casero?
            Su tío abrió los ojos de repente, al percibir el odio con el que Edward había pronunciado el nombre.
            —¿Cullen? Sí, era un amigo de tu madre, pero no era su casero. Ella era la propietaria de la casa. Tu padre se la regaló.
            —Entonces, ¿por qué decía...? Bueno, da igual. Es obvio que era otra mentira para explicar sus numerosas visitas nocturnas. ¡Era su amante! ¡Me apartó de su lado por su culpa!
            —Edward, no. No fue eso lo que sucedió. Te apartó de su lado porque empezabas a hacer preguntas y pensaba que eras demasiado joven para escuchar las respuestas. Cuando me pidió que fuera a buscarte, me habló de la errónea conclusión a la que habías llegado y me dijo que cuando fueras mayor, te lo contaría todo sobre tu verdadero padre. No sé si estaba enamorada de Cullen, pero estoy seguro de que sí quiso a tu padre. Nunca me dijo su nombre. Tenía miedo de que yo intentara matarlo, y posiblemente tenía razón. Él ha pagado tus estudios, ¿sabes? Yo podría haberlo hecho y estuve a punto de quemar el mensaje anónimo que recibí informándome de que el coste de tus estudios había sido saldado de antemano y del nombre del internado donde te esperaban.
            —¿Por qué no lo quemaste?
            —Porque no quería que tú pagaras las consecuencias de mi rencor. Y porque tu tía me convenció de que era lo mejor para ti. Me convenció de que lo que aprendieras allí, junto con las amistades que hicieras, te permitiría adentrarte en los círculos más prestigiosos de la sociedad. Y, si te soy sincero, sentía que era lo menos que tu padre podía hacer por ti ya que no quería formar parte de tu vida.
            Edward seguía sin creer que Carlisle Cullen no fuera su padre. Su madre le había mentido. ¿Y si también le había mentido a su hermano? Para proteger a ese malnacido al que quería tanto que había abandonado a su familla por él. A toda su familia. Algún día se enfrentaría a Cullen. Pero no quería seguir molestando a su tío con un asunto que no tenía solución... de momento.
            Los siguientes seis años los pasó tan involucrado en el manejo diario de la enorme propiedad de su tío que no tuvo tiempo para resolver esos asuntos pendientes. Además de cederle la propiedad, sus tíos se marcharon de Lancashire. Querían viajar antes de envejecer más y lo hicieron durante tres años. Sin embargo, su tía Carmen también quería vivir de nuevo en la ciudad donde había nacido y crecido: Londres. Sus antiguas amigas seguían allí y le habían suplicado a lo largo de los años que volviera a ayudarlas con su maravilloso talento. En el campo se había limitado a criar perros, pero si en algo destacaba su tía, era en el adiestramiento.
            En esos momentos, estaba muy solicitada como adiestradora canina. ¡Y su tío había empezado a pintar, ni más ni menos!
            Sus tíos llevaban cuatro años en Londres, dos más que él. Eran felices, sobre todo desde que él había decidido vivir otra vez con ellos. Ese era el verdadero motivo por el que no había arreglado la casa de la propiedad.
            La casa de su tío se emplazaba en el extremo occidental de Jermyn Street, no muy lejos de Saint James Square, al sur de Piccadilly, por la que se accedía a Bond Street, de modo que la cabalgada diaria hasta su propiedad no era muy larga.
            Dejó su caballo en las caballerizas de la esquina en vez de que lo hiciera uno de los criados de su tío. Era una calle tan tranquila que le gustaba mucho el paseo, aunque los árboles estuvieran desnudos en esa época del año.
            Al llegar a la residencia de su tío, se detuvo en los escalones de la entrada y miró hacia la siguiente manzana, donde se encontraba la antigua casa de su madre. Volvió a pensar en ella. Nunca había vuelvo a pisar ese lugar, no había querido hacerlo. Los muebles se habían vendido, las pertenencias de su madre se habían empaquetado y estaban guardadas en el ático de la casa de Lancashire. Tampoco había abierto los baúles para inspeccionar su contenido. Su preciosa madre solo tenía veintiséis años cuando murió. Podría haberse casado y llevar una vida normal. Pero no lo había hecho, porque seguía amando a ese malnacido de Carlisle Cullen. Edward seguía sin comprender el motivo. El amor, la excusa a la que se aferraba su madre, no era una buena razón para echar a perder la vida. Tal vez todo se debiera al cómodo estilo de vida que le proporcionaba ese hombre. Su madre contaba con criados, ropa elegante y joyas. Incluso tenía unos ahorros modestos que su tío le había entregado. Edward no había rechazado el dinero. Le había permitido poner en marcha el nuevo establo de cría, que por fin se mantenía con los beneficios que generaba. Por fin tenía caballos propios. Puesto que no los necesitaba todos para el programa de cría, los vendía y conseguía ganancias. Además, la suerte le había sonreído al ponerle en el camino a lady Rosalie Swan.
            Edward encontró a su tía en el salón. Era diez años más joven que su tío y seguía siendo delgada, sin una cana en el pelo. Junto a ella había dos invitadas, aunque supuso que una de ellas era una clienta, ya que llevaba un perro en brazos y no parecía segura de dejar al animal en el suelo con los demás perros que había en la estancia. Carmen tenía otros pasatiempos, pero su preferido era el adiestramiento canino, de modo que en su casa siempre había doce o trece perros entre adultos y cachorros. Tres de ellos descansaban a sus pies y otro estaba acurrucado en un rincón del sofá, mientras dos cachorros se disputaban un trozo de encaje que debían de haber encontrado en algún lugar de la casa. La otra invitada, una joven de corta edad, reía a mandíbula batiente al contemplar las trastadas de los cachorros.
            Su tía se puso de pie.
            —Edward, permíteme presentarte a lady Stanley y a su hija, lady Jessica. Estaban a punto de marcharse. Lady Jessica ha comentado que te conocía.
            Edward no reconoció a la muchacha, aunque no la abochornó diciéndolo en voz alta.
            —Señoras, es un placer —las saludó e hizo una ligera reverencia.
            Jessica había recuperado la compostura y lo miraba con una sonrisa. Era más alta que su madre, más delgada y bastante guapa, de pelo rubio y ojos castaños. Su belleza le confirmó que no la habría olvidado si ya los hubieran presentado. Era lo bastante joven como para ser una de las debutantes de la temporada social, aunque lucía un brillo sensual y provocativo en los ojos mientras lo observaba con atención. Le resultó extraño que una debutante mirara a un hombre de esa forma.
            La madre de la joven estaba ansiosa por marcharse, y se encaminó hacia la puerta.
            —Gracias de nuevo, Carmen. Recordaré que debo cortarle las uñas más a menudo.
            Sus palabras desconcertaron a Edward hasta que comprendió que estaba hablando del perro y no de su hija.
            La muchacha pasó a su lado, casi rozándolo, mientras seguía a su madre.
            —Es una lástima que haya tardado tanto en volver —protestó ella en voz baja con un puchero.
            Edward siempre intentaba mostrarse cortés con los clientes de su tía, pero concluyó que debía hacer una excepción. La joven podría causarle problemas, precisamente el tipo de problemas que no le convenían.
            —¿De qué me conoce? —le preguntó sin preámbulos.
            —No lo conozco. Pero he oído muchas cosas del infame Cupido y me da la impresión de que ya nos conocemos.
            —Jessica, vamos —la llamó lady Stanley desde el vestíbulo.
            La aludida suspiró.
            —Espero verlo en el baile de los Hammond. Le reservaré un par de piezas para que podamos... conocernos —añadió, tras una pausa más larga de la cuenta.
            Edward negó con la cabeza.
            —Dudo mucho que eso suceda. Márchese, su madre la espera.
            Ella sonrió y salió de la estancia con un sensual vaivén de caderas. Edward puso los ojos en blanco.
            Su tía regresó al cabo de un momento y dijo entre carcajadas:
            —¡Lady Stanley me ha tomado por una veterinaria canina! Aunque he podido ayudarla. Su pobre perro cojeaba porque jamás le han cortado las uñas. Ah, antes de que se me olvide, esta mañana no han parado de llamar a la puerta, más que de costumbre.
            —Sí, he visto que el montón de invitaciones del vestíbulo ha doblado su tamaño.
            Su tía sonrió, encantada.
            —No me sorprende en absoluto. Mira lo guapo que nos has salido. Las anfitrionas de la ciudad seguro que te adoran. ¿Has conocido a alguien de quien deba estar al tanto?
            Edward estuvo a punto de echarse a reír. A su tía le encantaría que se casara y le diera niños a los que mimar. Por extraño que pareciera, no veía su ilegitimidad como un obstáculo, aunque insistía en que ese detalle no debía salir a la luz. Tanto ella como su marido se habían encargado de que así fuera. No obstante, ambos ignoraban que aunque a él le importaba muy poco la opinión de los demás, no pensaba lo mismo con respecto a su futura esposa. Sus tíos querían que se casara y que perpetuara el apellido familiar. Edward no podía hacerlo a menos que encontrara una mujer a quien no le importara lo que su madre había sido.
            —Tía Carmen, es Cupido quien recibe las invitaciones.
            Ella puso los ojos en blanco. Sus tíos se habían echado a reír de buena gana cuando les habló del apodo que se había ganado.
            —No te lo crees ni tú —replicó su tía—. Eres un buen partido, por eso recibes tantas invitaciones. Y espero que siguieras mi consejo y que hayas encargado varios atuendos de gala para la temporada. Dos de las invitaciones son para sendos bailes.
            ¡Maldita fuera su estampa!, pensó. Se le había olvidado por completo. En su guardarropa no había ni un solo traje de gala.
            —He estado ocupado. Me temo que se me ha olvidado.
            Su tía exclamó:

            —¡Edward! 

DE PURA SANGRE...CAPITULO 9




            9

            Edward observó cómo la muchacha salía corriendo y luego clavó la vista en el lugar por el que había desaparecido. Ya se había marchado hecha una furia en dos ocasiones. Isabella Swan echando humo por las orejas era todo un espectáculo. Esos ojos chocolate echando chispas, los puños apretados y ese cuerpecito temblando, demasiado enfadada como para escuchar siquiera la explicación de su cuñada. No conocía a muchas damas capaces de perder los estribos de ese modo por ningún motivo... No, se corrigió, ¡no conocía a ninguna!
            Al cabo de unos minutos, lady Rosalie chasqueó los dedos delante de su cara para reclamar su atención. Hizo ademán de echarse a reír, pero se contuvo al ver su expresión. Tampoco parecía muy complacida, más bien parecía dividida entre el enfado y la consternación.
            —Creo que debería habérselo advertido —le dijo él con una sonrisilla.
            —No, quería asegurarme de que usted estaba disponible antes de hablarle del tema.
            —En fin, a esto me refería antes —señaló, y se encogió de hombros—. En vez de admitir que usa un enfoque equivocado en su búsqueda de marido, se ofende.
            Lady Rosalie chasqueó la lengua.
            —Cualquiera se habría ofendido por lo que usted acaba de decir.
            —Admito que ella no debería haber escuchado esa conversación, pero la verdad no siempre es agradable.
            —La verdad puede decirse de muchísimas maneras sin recurrir al escarnio, pero las primeras impresiones no siempre son correctas y por lo que veo ha juzgado a mi cuñada sin conocerla. Esperaba que usted mejor que nadie supiera que no hay que sacar conclusiones precipitadas.
            ¿Esa mujer le estaba echando un sermón? En esa ocasión, Edward no contuvo las carcajadas.
            —Ella no quiere mi ayuda y yo no estoy por la labor de enviar a ningún hombre al matadero. Le propongo que consideremos esta misión finiquitada.
            —Se refiere a ella como si fuera una causa perdida. Y para su información, no lo es. Pero todavía no ha encontrado al hombre adecuado. Y ahí es donde usted debería intervenir para encontrarle dicho hombre. Así que quédese con esto. —Le estampó el monedero con el dinero contra el pecho—. Y piénselo bien. Si dentro de un par de semanas no se le ocurre un solo soltero que pudiera gustarle y a quien no haya conocido a estas alturas, no habrá pasado nada.
            Isabella Swan iba a necesitar mucha más ayuda, pero él ya se lo había advertido. Si la dama insistía en tirar el dinero por una causa perdida, no iba a rechazar el regalo una segunda vez.
            —Muy bien —aceptó.
            —Ah, por cierto, si se vuelve a encontrar con mi marido, le pido por favor que no le cuente que he contratado sus servicios.
            —Pues da la casualidad de que iba a venir en busca de un caballo nuevo, así que a lo mejor debería llevarse el semental a casa y darle el regalo de cumpleaños antes de tiempo. Pero, ¿por qué no quiere que se entere de este otro asunto?
            Lady Rosalie suspiró.
            —Anoche le hablé de la posibilidad de contratarlo para que ayudara a mi cuñada. Se quedó pasmado por la sugerencia, me dijo que me mordiera la lengua y que no pensara más en el tema. Según él su hermana se espantaría si llegaba a enterarse, y tenía razón, como acaba de ver.
            —Le prohibió que contratara mis servicios, ¿verdad?
            Ella asintió con la cabeza e hizo una pequeña mueca.
            —Y cree que le haré caso.
            —¿No teme que su hermana se lo cuente con lo enfadada que está?
            —Voy a esforzarme para convencerla de que no sería una buena idea.
            —Pero, ¿no le molesta la idea de engañar a su marido? —preguntó Edward.
            —No lo estoy engañando —protestó ella y parpadeó—. Ah, ya sé, cree que su orden zanja el asunto, ¿verdad? —Lady Rosalie parecía tener ganas de echarse a reír—. Pues no, ni mucho menos. Tenemos un matrimonio como los que usted concierta, feliz en todos los aspectos. Solo intento ayudar a su hermana. Él habría hecho lo mismo si no creyera que Bella le guardaría rencor por ello. Incluso su padre ha llegado a la conclusión de que hace falta otro plan de acción y anoche habló con una de las viejas casamenteras, a quien conocía de hace tiempo.
            Edward se echó a reír.
            —En ese caso, no me necesita.
            —Al contrario. Aunque no sé en qué quedó la conversación del duque con la casamentera, sé muy bien que ella no puede ayudar. Sin embargo, creo que usted puede, de otra manera no se lo habría pedido. Su enfoque es innovador. Trasciende la simple fachada para asegurarse de que será una pareja duradera.
            Edward la miró con escepticismo mientras la conducía a su despacho, que se encontraba en el otro extremo del establo, para cerrar el trato.
            —¿Quiere que lleve hoy el semental a su residencia de la capital?
            —No, celebramos los cumpleaños en Forks Hall y el de mi marido es el mes que viene. La familia entera se irá al campo para celebrarlo. —Anotó las señas y la fecha para Edward—. Ya se me ocurrirá algo para que Emm no compre otro caballo mientras tanto.
            —Como quiera.
            Edward esperó a que lady Rosalie guardase el comprobante de venta y mientras regresaban hacia la parte delantera del establo, le recordó:
            —Ya sabe que le he dado un buen consejo a su cuñada, pero ella se ha ofendido, como usted misma ha reconocido, y ahora está fulminando la hierba con la mirada. Después de lo que acaba de escuchar, creo que preferiría escupirme antes que colaborar conmigo para conseguir su objetivo.
            —Es que está muy sensible por culpa de esta situación, algo muy comprensible. Todas sus amigas se han casado ya. Ella es la única que no lo ha hecho.
            —Lo que demuestra que es demasiado quisquillosa —masculló él mientras abría la puerta del establo para que pasase lady Rosalie.
            —Lo he oído, pero disiento. Usted mismo ha dicho que la atracción debe estar ahí y... —Dejó la frase en el aire al mirar hacia delante—. Vaya, creo que ya tenemos ese requisito cumplido. ¿Quién es ese joven y apuesto caballero que está sentado junto a Isabella y que habla con tanto entusiasmo? Parece encandilada.
            —Jacob Black, conde de Lauthner —contestó Edward, sorprendido por ver al susodicho—. Es cliente mío desde que cumplió la mayoría de edad y se deshizo de sus tutores. Un amante de los caballos. A menos que consiga que Isabella vuelva a montar, no es el indicado para ella.
            —¿En serio?
            —En serio. Ese hombre pasa casi todos los días montando, incluso cuando no es obligatorio. No es que sea un amante de los caballos, es que está obsesionado con ellos y disfruta yendo al extranjero en busca de nuevos ejemplares para sus cuadras, ahora que por fin controla su fortuna. Creo que acaba de regresar de Irlanda. Se marchó hace unas cuantas semanas para comprar una yegua de la que le habían hablado mucho.
            La pareja los había visto. Lord Black saludó a Edward con un grito y se acercó a ellos para saludar a lady Rosalie. Edward los presentó. Isabella no parecía furiosa ni mucho menos cuando se reunió con ellos. De hecho, era incapaz de apartar la vista del joven conde.
            —¿Ha conseguido lo que quería en su viaje? —le preguntó Edward al conde.
            —¡Ya lo creo! Te vas a llevar una sorpresa cuando veas la yegua, Edward, y sí, todavía puedes quedarte con la primera potrilla. La traeré en primavera para... esto...
            —Por supuesto —lo cortó Edward para que el muchacho dejara de ruborizarse al seguir hablando de su servicio de montas en presencia de las damas.
            —Usted debe de ser la acompañante de lady Isabella —le dijo el conde a lady Rosalie—. Estaba a punto de preguntarle si me permitiría invitarla a dar un paseo a caballo en alguno de los parques de la ciudad, ¿tal vez por Hyde Park? Tengo entendido que hay largas pistas para montar, aunque todavía no he estado en Londres para comprobarlo. ¿Le parece adecuado, lady Rosalie?
            La sonrisa desapareció de la cara de lady Isabella. Edward la vio dar un ligero respingo ante la mera idea. Por supuesto, no podía aceptar porque no montaba a caballo.
            Sin embargo, antes de que el conde pudiera percatarse de la reacción de la muchacha, la aludida dijo:
            —¿Por qué no viene a tomar el té esta semana y lo hablamos? Estoy segura de que a mi marido, el hermano de lady Isabella, le encantará conocerlo.
            —Por supuesto, ¡pero qué torpe soy! Lo primero es lo primero —convino lord Black, entusiasmado.
            Charlaron unos minutos, le indicaron cómo llegar a la residencia londinense de lady Rosalie y el joven conde incluso se inclinó para besar la mano de lady Isabella al despedirse, dejándola sonrojada y sonriente una vez más.
            De vuelta en el carruaje, Rosalie exclamó:
            —¿Ves? ¡Sabía que el señor Masen podía ayudarte!
            —Él no ha organizado el encuentro —replicó Isabella con sequedad antes de suspirar—. Gracias por la ayuda. No sabía qué decir cuando lord Black mencionó el paseo a caballo.
            —Eso podría ser un problema —comentó Rosalie con tacto—. Porque me ha dado la impresión de que te gusta... ¿O son imaginaciones mías?
            Isabella sonrió.
            —¿Era tan evidente? ¿Qué defecto tiene para que me disgustase? ¡Es guapo y simpático!
            —Pero es un amante de los caballos y le encanta montar.
            —¿En serio?
            —Sí, y según Edward, raya en la obsesión. Así que no me sorprende que en vez de pedir permiso para visitarte, te invitara a montar juntos por el parque. Te das cuenta de lo que eso quiere decir, ¿verdad?
            —¿El qué?
            —Que quiere asegurarse de que te gusta tanto montar como a él. Que puede que lo considere un requisito indispensable... en una esposa.
            Isabella se dejó caer en el asiento.
            —¡No te rindas tan pronto! —la reprendió Rosalie—. Hoy mismo me han asegurado que con la guía y las instrucciones adecuadas, podrías volver a montar y disfrutar de la experiencia. ¡Estarás paseando a caballo con el conde por Hyde Park en menos que canta un gallo!
            Sin embargo, el miedo se había apoderado de Isabella, por lo que dijo esperanzada:
            —Tal vez no sea un requisito indispensable. A lo mejor debería averiguarlo antes de arriesgarme a partirme el cuello de nuevo.
            Rosalie chasqueó la lengua.
            —Así estarías negándote la oportunidad de ver al conde de Lauthner. Claro que cuando venga a tomar el té, tendremos que rechazar su invitación porque no has empezado las clases de inmediato. Es posible que no vuelvas a verlo si me veo obligada a decirle algo así. —Como Isabella comenzó a morderse el labio, Rosalie añadió—: De verdad, Bella, no te romperás el cuello con la guía adecuada.
            —¿Te refieres al señor Masen? —Al acordarse de él, le repitió a su cuñada—: Rosalie, no deberías haber intentado contratarlo. Menos mal que rechazó la propuesta.
            La aludida se mordió la lengua para no decirle que al final no la había rechazado. ¡Era una tontería discutir el asunto cuando parecía que ni siquiera iba a hacer falta! De modo que se limitó a replicar:
            —Solo intentaba ayudar. Ese hombre tiene clientes de toda Inglaterra, hombres a los que jamás conocerías, pero que quizá sean justo lo que andas buscando. Como lord Black. ¿Quién iba a pensar que nos toparíamos con alguien como él en este lugar? ¿Vas a tacharlo de tu lista por un miedo absurdo que podrías superar fácilmente? A la mayoría de los hombres le gusta montar a caballo. A la mayoría de los maridos le gusta montar en compañía de sus mujeres. Emm y yo lo hacemos. Es divertido, es exultante y de vez en cuando incluso echamos carreras, aunque creo que no volveré a ganar una después de entregarle su nuevo semental.
            —¿El señor Masen ha accedido a enseñarme a montar?

            —No, pero seguro que podemos convencerlo. Al fin y al cabo, él es quien ha dicho que sería fácil.